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9 ago 2012

Volcanchess El ajedrez y la literatura (1). El origen de los héroes

Fuente: http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/junio_12/21062012_02.htm

Por Fernando Gómez Redondo


No es casual que la primera escena en la que aparece Rick Blaine (Humphrey Bogart) en Casablanca (1942) —de Michael Curtiz—, lo sitúe en el casino oculto de su café, jugando al ajedrez contra sí mismo, desde la posición de las piezas negras, las más débiles, dando ya casi por perdida, desde el inicio, la partida que se disponía a jugar contra su destino, negado al amor, pero dueño de sus recuerdos y de su soledad. La situación que presenta a Rick Blaine se corresponde a la de los héroes de las antiguas gestas —hindúes, persas, árabes y occidentales— que descubren aspectos esenciales de su ser o se enfrentan a pruebas peligrosas mientras juegan al ajedrez. En ese desglose de culturas mencionadas, se inscribe el itinerario de este prodigioso juego en el que el azar es vencido por la razón, mientras en un tablero de escaques blancos y negros —el paso de los días y de las noches— dos ejércitos se empeñan en proteger a un monarca compitiendo con hábiles estrategias; como sustitución de la guerra, en los marcos medievales del ocio cortesano se contemplaba la posibilidad de que los reyes y los nobles practicaran este juego en el que quedaban compendiadas las mismas relaciones de dominio y de poder a que sus vidas se encontraban sujetas; por eso, Alfonso X mandó compilar un ambicioso tratado con el título de Libros de acedrex e tablas, del que se hablará en otro momento, cuando convenga explicar la aparición de los primeros manuales dedicados a este juego; el rey Sabio cumplía con esa labor el fin que había señalado en su Partida II al describir el entramado de la cortesía de que quería rodearse:
Alegrías ý á otras […] que fueron falladas para tomar omne conorte en los cuidados e en los pesares cuando los oviesen: e éstas son oír cantares e sones de estrumentos, jugar axedrezes o tablas, o otros juegos semejantes d'éstos.
Estos «deportes» —así se llamaban, de deportarse, 'divertirse, recrearse'— curiales proporcionaban el sosiego y el entretenimiento necesarios para acometer luego las tareas más arduas de la gobernación o de la defensa del reino; formaban parte del «ocio» activo, beneficioso, el que permitía aplicar el entendimiento a la solución de problemas de ingenio, pero se recomendaba que no se practicaran con tanto afán que distrajeran a la persona de sus obligaciones esenciales; el «ocio», ahora sí perjudicial, se impondría sobre el «negocio». No es extraño, por tanto, que los héroes de la épica —el primer sustrato narrativo occidental— destaquen en estas competiciones deportivas y que, además de justar, lanzar o bohordar, fueran buenos jugadores de ajedrez o de tablas (el moderno backgammon), porque esa actividad se incardinaba en el marco de la cortesía del que formaban parte y del que serán expulsados por las razones más peregrinas; cuando Gonzalo Gústioz recuerda las virtudes de sus siete hijos descabezados por los moros enumera su destreza en estas facetas del ocio curial y, así, del segundo de ellos recuerda que era «buen jugador de tablas». Sin embargo, como se ha apuntado, el héroe sufrirá graves afrentas o descubrirá aspectos esenciales de su identidad justo cuando se encuentra jugando al ajedrez, entregado a una forma de deleite cortesano que lo aleja momentáneamente de sus obligaciones y que lo coloca en una posición de debilidad o de indefensión de la que tendrá que salir de una manera violenta, recurriendo a la fuerza que le permitirá reparar la deshonra sufrida o revelada; sin salir de los Siete infantes de Lara —ya en la versión transmitida por Crónica de 1344—, Mudarra González —el hijo de Gonzalo Gústioz y de la hermana de Almanzor— se entera de su condición de bastardo tras vencer al ajedrez al rey de Segura que, airado, le descubre la verdad sobre su origen: «Más vos valdrá, rapaz, ir a buscar a vuestro padre», insultándolo cruelmente: «¡Vete, fijo de ninguno!». La situación humillante arranca a Mudarra del espejismo curial en el que ha vivido hasta entonces y desboca la furia vengativa con que restaurará la honra de su linaje; ya no es ocasión de palabras, sino del impulso combativo que guiará sus pasos:
E Mudarra Gonçález cató aderredor de sí, si podría fallar arma alguna con que le firiese e non la falló, e tomó el tablero e diol' con él un tan grant golpe por çima de la caveça que·l' fizo lançar la sangre por las narizes e por la boca.
Así se comportará cuando llegue a Castilla y se enfrente a Ruy Velázquez primero, a doña Lambra después; las justicias logradas exigían lavar con la sangre del ofensor la sangre vertida en la ofensa, en actos que son mostrados con un punto de jactancia:
E Mudarra Gonçález cuando vio qu'el rey de Segura no meçía pie nin mano, dixo: «Atendedme aquí e iré a preguntar a mi madre / que me non diga mentira e mostrarvos he mio padre».
Y así ocurre, porque Mudarra se dirige a su madre, muy «sañudo», para exigirle que le revele la identidad de su padre y marque ya con ello el derrotero de su aventura personal:
Fijo, padre avedes muy onrado, cual saben en toda España / ha nombre Gonçalo Gustioz e es natural de Salas.
Este mismo esquema —sin que sea posible saber en qué obra se aplicó primero— aparece en la trama ligada a Bernardo del Carpio, el héroe que encarna el paradigma de la rebeldía hispana lanzada no tanto contra los moros, sino contra la política expansionista de Carlomagno. En la primera versión de la leyenda, Bernardo es hijo del conde San Díaz y de doña Jimena, hermana de Alfonso II el Casto; este monarca, contrariado por esa pasión tan opuesta a la virtud de su apelativo antonomástico, encierra a su hermana en un convento y aprisiona al conde de por vida, prohijando al fruto de ese amor prohibido; Bernardo crece en la corte, ajeno a sus verdaderas raíces, hasta que unos familiares del conde urden una treta para hacerle conocer sus orígenes; piden a dos dueñas de la corte que apuesten una gran suma de dinero a las tablas con el fin de que Bernardo, movido por la codicia, juegue con ellas, confiando en que perdería y en que se le podría reclamar una cantidad que jamás podría pagar; esa situación habría de desencadenar la afrenta que lo abocara a su destino, tal y como se registra en la Estoria de España de Alfonso X:
«Et vós dezirle edes que vos dé ende alguna cosa, et si vos lo non diere, dezidle como por saña que pues que a vós non lo da, que lo dé a su padre que yaze preso en las torres de Luna». A las dueñas plogo mucho d'esto, et fizieron bien assí como ellos les avíen dicho. Bernaldo cuando sopo las nuevas del padre que era preso, pesól' muy de coraçón et bolviósele toda la sangre del cuerpo; et dexó el aver que lo non quiso tomar, et fuesse para su posada faziendo el mayor duelo del mundo, et vestióse luego paños de duelo, et fuese para la corte. Et el rey cuando·l' así vio, pesól' mucho, et díxol: «¿Qué es eso, Bernaldo? ¿Por ventura cobdicias ya mi muerte?». Et díxol' Bernaldo: «Señor, non es así, mas ruégovos et pídovos por merçed que me dedes mio padre que tenedes preso en las torres de Luna».
Pero Alfonso II había jurado no liberar por ningún motivo al conde y así, sabiendo que acababa de perder al hijo que había adoptado, despide a Bernardo para convertirlo en su mortal enemigo.
Además de los orígenes linajísticos, próximamente se analizarán otros motivos de las antiguas gestas que dependen del desarrollo de partidas de ajedrez en las que se involucran movimientos cruciales que rigen las vidas de los héroes, poniéndolas en grave riesgo.
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