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24 ene 2010

El alfil que escapó de los nazis


Cuando en 1941 el escritor austríaco Stefan Zweig publicó “Novela de ajedrez”, lejos estaba de imaginar que la realidad, por esa misma aciaga época de la Segunda Guerra Mundial, fuera tan asombrosamente parecida a su obra. O quizá hallara inspiración en su propia huida del avance del nacionalsocialismo.
En la ficción, Zweig nos sitúa a bordo de un transatlántico que navega rumbo a Buenos Aires, en el que viaja el campeón mundial de ajedrez venciendo sin compasión a los pasajeros que lo retan a una partida, hasta que un misterioso personaje le planta cara. Pronto sabremos que este viene huyendo de la Gestapo, que lo ha mantenido aislado durante meses. Y que solo el robo de un libro sobre ajedrez le permitió liberarse del vacío intelectual de su cautiverio.
En la realidad, en 1936, un joven berlinés con solo diez marcos en el bolsillo, un certificado de trabajo falso, un atado de ropa y un tablero de ajedrez cruza la frontera alemana huyendo del nazismo, llega al puerto de Rotterdam y se embarca en el Alwaki rumbo a Buenos Aires.
Francisco Benkö, que así se llamaba el muchacho de la vida real, acaba de morir en la capital argentina. A pocos meses de cumplir 100 años, el ajedrecista en actividad más longevo del mundo —así lo presentaban los periódicos y las páginas web en los últimos tiempos— se fue de un ataque al corazón. Se apagó así una vida digna de un apasionante guion cinematográfico.
De padre húngaro y madre austríaca, Benkö nació en Berlín en 1910 y pronto las desgracias se cebaron en él. A los dos años perdió a su progenitor y ahí nomás estalló la Primera Guerra Mundial.
“Pese a los esfuerzos de mi madre durante la guerra, en casa pasamos mucha hambre. Un día estaba tan desesperado que no aguanté más, entré al aula del colegio y me bebí un frasco de tinta”, le contó al diario argentino “La Nación” en una de las muchas entrevistas que diera, ya convertido en celebridad.
Atacada por una feroz tuberculosis, su madre falleció cuando él tenía 16 años. No tardó en encontrar consuelo en una mujer quince años mayor que él, quien de ser su jefa en un hipódromo se convirtió luego en su esposa.
La borrasca de la Alemania nazi pronto lo envolvió. “Si me hubiera quedado seguro que me mataban. No les importaba ni mi religión católica ni la nacionalidad húngara que poseía, para los nazis era un judío más por herencia materna. Cuando llegó Hitler al poder, todo se hizo más difícil; en mis oídos están grabados su voz y sus gritos, que constantemente propalaba la radio”, rememoró ante los colegas de “La Nación”.
Ya instalado en Argentina, Benkö no encontró allanada la ruta. “Sabía idiomas, taquigrafía y escribir a máquina, pero no me fue fácil conseguir trabajo, hice de peón de limpieza, portero y mayordomo”. Recién en 1966 ingresó a la Comisión Nacional de Energía Atómica, institución en la que se jubiló como bibliotecario especializado en protección radiológica y seguridad nuclear.
Por encima de las privaciones y sinsabores, lo que marcó la vida de Benkö fue el ajedrez. “Comencé a jugar en Alemania a los 12 años, lo mejor que me pasó fue entre 1928 y 1929, cuando hice tablas ante Alexander Alekhine, campeón mundial de entonces, en dos sesiones de partidas simultáneas”.
Instalado en Argentina, su patria adoptiva, el juego de los escaques y trebejos siguió siendo su mejor aliado. “Gracias a él me evadía de todas las dificultades y mi cabeza no pensaba en tantas cosas malas”. Porque seguía en jaque: durante sus primeros años en América ningún club lo aceptaba como socio, pensaban que era comunista. “Por entonces, en Argentina muchos creían que quienes huían de Europa lo hacían perseguidos por su ideología”.
Uno adivina entonces que fue por esos años solitarios que se convirtió en “problemista”: empezó a concebir problemas de ajedrez que transcribió manualmente y su archivo llegó a sumar unos 40 mil ejercicios.
Para 1960 ya era un socio en toda regla del Club Argentino, y una tarde, cuando caminaba por uno de sus salones, se topó con un jovencísimo Bobby Fischer, quien doce años más tarde se coronaría el mejor jugador del planeta. “No habiendo rival más calificado a la vista, me invitó a jugar una partida relámpago. Sorpresivamente, lo vencí. Luego me ganó cuatro seguidas”, le contó con emoción al periodista Juan Morgado.
En los más de 20 torneos nacionales argentinos en que participó hasta el año pasado —cuando su testa blanca contrastaba con las de adversarios que podían ser sus bisnietos—, su mejor ubicación fue un quinto puesto. “Es importante que los chicos jueguen ajedrez, así como yo, sin grandes ambiciones. Es que debo ser el campeón mundial de partidas perdidas (risas). Este es un juego noble y para toda la vida”. Descansa en paz, Benkö.
Por: Francisco Sanz
Fuente:http://elcomercio.pe/impresa/notas/alfil-que-escapo-nazis/20100124/403500
www.volcanchess.com

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